Hablando de diseño: "No se diga más"

HABLANDO DE DISEÑO


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“No se diga más” es una de las frases más complejas que tenemos que aprender a decirnos los diseñadores a nosotros mismos porque “si, el cliente siempre tiene la razón”…

Ocurre habitualmente en proyectos de mediano o largo plazo, cuando estas trabajando con un cliente que no permite cambios a su idea inicial. Luego de dar una propuesta y recibir un “no, déjalo así” o “no lo veo necesario, sigue como vamos” y el peor de todos “no sé, no me gusta” lo único que puedes pensar es: “No se diga más”.

No hablamos de cuando un supervisor niega una idea. Esto es habitual pero tiene otro fundamento. Aquí hablamos de clientes directos.

Al ser un diseñador joven intentas convencer al cliente de tu idea. Con los años, empiezas a ser más condescendiente. En las universidades nos enseñan a defender nuestros conceptos y justificar nuestras decisiones de diseño pero se les olvida recalcar que el cliente tiene la última palabra y, que si el cliente no te deja trabajar, entonces tú motivación para tomar determinados rumbos no importan. Es decir, puedes haber estudiado en la mejor escuela y contar con cuantos diplomados puedas pagar, pero eso no garantiza que el cliente te escuche.

Si el cliente quiere que su nueva publicidad esté diseñada en azul y va a imprimir sobre papel azul a pesar de que la información sea poco legible, y está determinado a ello, no tienes otra opción que darle lo que pide. Y esa situación frustrante, te desmotiva. Pero: hay que aprender a ceder.

Tomar decisiones de diseño es más sencillo si se cuenta con la experiencia y la preparación teórica adecuada. Pero los clientes no tienen esta preparación. Algunos clientes tampoco tienen la madurez para dejar al creativo trabajar por su cuenta.

La mayoría no lo hace con mala intención, tienen en su alma un director creativo oculto que brota de una particular manera. Esto ocurre en muchas carreras. Algunos médicos se quejan de ese “médico interno” que llevan las madres dentro; por ejemplo, llevan a su hijo al consultorio y le informan al médico lo que tiene y le exigen lo que les debe recetar. Colocan al médico en un predicamento. La diferencia es que el caso de los diseñadores los proyectos no tienen vida, el riesgo es quizá menor que el de recetar mal a un niño y, precisamente por ese motivo, ese director creativo interno sale con más frecuencia y hostilidad.

EL CLIENTE PROFESIONAL CREATIVO.

Otra situación recurrente aparece cuando un creativo trabaja para otro. Algunos diseñadores que trabajan para otros diseñadores, escritores o artistas encuentran problemas para convencerlos de sus ideas o para realizar contenido de calidad. El cliente que es creativo tiene la común desventaja de sentir que “trabaja en equipo” y no que el diseñador está prestando un servicio profesional. Confunde las cosas y expresa sus opiniones desde un punto de vista arbitrario.

Por ejemplo, un diseñador gráfico que trabaja para un guionista muy creativo y reconocido en hacerle un rediseño de marca. Puede ser el mejor guionista y el más creativo de su industria pero eso no lo convierte en un buen comunicador visual en términos de diseño gráfico. Lo mismo con joyeros, interioristas, poetas, músicos, bailarines, etc. Y ocurre en todas las ramas del diseño incluso a la inversa.

El cliente que es creativo y tiene una idea, intentará plasmarla a través del diseñador gráfico. Sin embargo, sin darse cuenta, no está respetando el trabajo del diseñador. A la hora de opinar, es posible que el diseñador intente persuadir al cliente de que está cometiendo errores de diseño pero, en su terquedad, el cliente decide irse por la dirección errónea porque es creativo.

Excelente, no se diga más” nos decimos a nosotros mismos y seguimos trabajando en lo que sea que el otro esté pensando pero ¿es lo correcto? Si y no. Por un lado tenemos que el cliente pagó por un servicio, más allá de nuestro talento y renombre. Por otro lado tenemos la preparación profesional para aconsejar y, si el error es notable, debemos hacer todo lo posible por advertir.

LAS FIGURAS PÚBLICAS

Otro caso frecuente es el de las figuras públicas. Las personas que contratan a un diseñador para hacer un proyecto personal: manejar sus redes sociales, hacerse un branding o una imagen nueva. Nos encontramos con comentarios como “no me convence”, “no siento que me represente”, “no dice lo que quiero decir”. Esto es porque algunos clientes olvidan que no estamos haciendo un back up de su mente sino una representación al público para lograr un objetivo. Poco importa si a Britney Spears le gustó o no la portada de su nuevo disco y/o la campaña de su concierto, lo que importa es que a los consumidores de su música les gustó y por eso lo compraron. La mayoría de los buenos proyectos que han tenido éxito en el mundo se lograron porque contaban con la inversión necesaria para contratar a un equipo de profesionales a quienes los dejaron hacer su trabajo y enfocarse en objetivos clave.

Los diseñadores sabemos que el gusto personal del cliente es importante solo a nivel de servicio. Cuando el cliente necesita sentirse escuchado o cuando notamos que no vale la pena convencerlo de otra cosa porque no tiene un rumbo definido. Si trabajamos sin brief o sin objetivos claros, ahí es en donde le decimos “¿Dorado? Dorado será”.

PROS Y CONTRAS

Esto afecta al diseñador en varios aspectos, primero porque la teoría detrás del diseño gráfico tiene motivos para existir. Si una persona necesita un logotipo para un Spa, lo que la teoría nos indica es que el color debería ser de colores que inspiren calma como el verde, azul o lila. Sin embargo, podría llegar el cliente y pedir un logotipo de color rojo. Por más que el diseñador piense que es erróneo, tendrá que aprender a ceder eventualmente “no se diga más entonces, rojo será

A la hora de elaborar un portafolio final, el diseñador puede notar que su trabajo está hecho en base a ser complaciente y que no lo representa. Peor aún: que está lleno de errores y que los buenos clientes no aparecen porque el trabajo no es lo suficientemente atractivo. Nadie lo conoce porque los proyectos que hizo no se concretaron o no son populares. El éxito de un proyecto es importante para el renombre y reputación de un diseñador. Lógicamente, la única solución es tener trabajo personal para el portafolio y colocar solo aquellos trabajos que el mismo diseñador apruebe para su sitio, pero los proyectos reales suman un gran peso a la promoción y autoestima del diseñador.

Luego de años de trabajar por mi cuenta con diferentes clientes, descubrí que decirles “no se diga más” y dejarlos tomar decisiones es la mejor opción para evitar conflictos y tenerlos contentos. Pero es mi deber ético y profesional advertir en todo momento lo que estoy pensando. Especialmente porque cuento con las herramientas de conocimiento necesarias para explicar los motivos de cada decisión. Sin embargo, a pesar de mi experiencia y preparación, muchos clientes optan por negarse a cambiar su idea inicial.

Siempre habrá un cliente que quiera letras juntas aunque no puedan leerse correctamente, que elijan una tipografía que no va con su mercado o que quieran un color específico para una campaña que además podría estar mal planeada o mal dirigida.

LA INNOVACIÓN

Una justificación común entre esta clase de clientes es “es que yo lo había pensado diferente” o “es que me gustaría ser innovador”. La innovación no es un chispazo en la cabeza que garantiza éxito mágicamente, también tiene normas y teorías. Cuando un diseñador propone una idea “osada” cómo colocar rojo en el logotipo del spa, más le valdría hacer una investigación que justifique ese color. Pero si el cliente lo pide tiene todo el derecho de hacerlo porque está pagando.

Es completamente válido hacer propuestas que alteren el orden de las cosas, siempre y cuando estén bien planteadas y se presenten como una alternativa a la teoría establecida; y recordar que a pesar de ello, la innovación representa un riesgo, tiene menos posibilidades de éxito y se debe evaluar si vale la pena el intento: si el logotipo es verde aseguras el éxito del spa. Si el logotipo es rojo tienes menos posibilidades de éxito, pero al ser diferente y aunado a una buena campaña, el spa podría estar posicionado de una forma más original y llamativa. Es una apuesta.

Cuando a pesar de todo el trabajo duro, el cliente decide no hacer cambios correctos y permanecer con su idea, no hay forma de hacer nada. No es conveniente para un diseñador contradecirle. En el fondo, estamos colaborando con el cliente pero su decisión es fundamental. Nuestro trabajo como diseñadores es colocar sobre la mesa las cartas visibles para que él esté enterado y que pueda, a partir de ello, elegir lo que más le beneficie.

Finalmente, la mejor alternativa para nosotros es relajarnos, respirar y entender al cliente; nos evitaremos muchos conflictos emocionales y nos enfocaremos en el diseño. Lo ideal es cuidar a los clientes que tenemos y buscar nuevos clientes que nos permitan crecer en el ámbito profesional, aún cuando eso tome tiempo.


 

Soy Luisa Elías. Soy diseñadora, animadora y artista. Si te gusta lo que escribo, no olvides seguirme en las redes sociales y visitar Deadline Survivor en donde podrás encontrar más artículos como éste.